Inauguramos esta sección de los TESTIGOS de CRISTO repasando los martirios, en España, de los 4.184 sacerdotes diocesanos sacrificados en la zona sometida bajo el terror rojo, junto con 2.365 religiosos, 283 religiosas, 13 obispos y cientos de miles de militantes y fieles católicos. Por no hablar de la destrucción de los edificios y del patrimonio cultural de la Iglesia: catedrales, bibliotecas, universidades, colegios, parroquias, monasterios, pinturas, esculturas, etc. (En el etc se incluyen, dignísimos y sagrados, los restos mortales de las tumbas ultrajadas por las hordas en los conventos, iglesias y campos santos.)
¿Que dirá el célebre Baltasar Garzón de esta otra memoria histórica, si todavía hacemos hincapié en que los asesinados eran todos no-combatientes, fueron asesinados sin juicio y no tenían delitos en su haber?
Este terror y esta persecución de los “tiempos modernos”, comenzó antes de la guerra en España y ya se había cebado de los cristianos en otras regiones del mundo. (Rusia, desde 1917 y durante los 70 años siguientes; México y la guerra de Cristeros -1926-29-, perseguidos, desaparecidos y asesinados por Plutarco Elías Calles, en nombre del progreso y la modernidad…y sigue la lista en Extremo Oriente: en Vietnam, con obispos y sacerdotes en campos de concentración de prisioneros…y otra vez sin delitos en su haber; en China, la “dictadura del proletariado” de Mao desde 1943 a 1976,etc etc). Las 10 persecuciones de Roma de los tres primeros siglos de la Cristiandad quedaron pequeñas, comparadas en número, a estas del siglo XX.
Todos los santos de los primeros tiempos en la Iglesia de Cristo fueron testigos con su sangre de la fe que profesaron (mártires), tanto que cuando cesaron las persecuciones hubo que crear un nuevo término para denominar a los nuevos santos, fruto de los tiempos de paz: confesores. Pero la sangre de los mártires es fecunda, de cada gota derramada nace un nuevo santo, un nuevo testigo de esta luz que lleva 20 siglos alumbrando las tinieblas del mundo.
Satanás, siempre hostil y furioso contra la Santa Esposa del Cordero, está fastidiado porque de sus balazos crecen espigas cargadas de fruto; de sus bombas, jardines floridos; de sus torturadores y verdugos, más adoradores que se pasan el testigo de una a otra generación en la Carrera Santa.
Nos encomendamos a la intercesión de ellos que nos legaron el tesoro más grande del mundo: la Fe en Nuestro Señor Jesucristo.


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