viernes, 1 de abril de 2011

UNA, SANTA, CATÓLICA, APOSTÓLICA …Y ESCANDALOSA


“Bienaventurado quien no se escandalice de mí.” (Mateo, 11, 6.)


Amigos:
           
Cualquiera puede encontrarse en la mano alguna vez, con una moneda falsa; pero no he oído decir que nadie haya deducido de ese hecho que el dinero carezca de valor. Los astrónomos han podido ver manchas en el sol, y no por eso hay quien niegue que el sol alumbre a la tierra. En cambio he oído decir a muchos que hacen resaltar las debilidades y los pecados de algunos católicos: "Ingenuo, ¿todavía no has espabilado? ¡La Iglesia es verdaderamente obra del demonio.”           Este punto de vista extremado tiene su origen en un hecho: ¡Hay demasiados escándalos en el mundo católico! Maridos y mujeres cometen recíprocas infidelidades; algunos políticos católicos son más deshonestos que otros sin religión; algunos chicos católicos son ladrones; algunas chicas católicas adoran las divinidades del mundo pagano: a los divos del cine y del deporte; ciertos industriales católicos son egoístas, duros y completamente indiferentes a los problemas sociales y a los derechos de los trabajadores; algunos jefes del socialismo cristiano están más preocupados por mantenerse en sus puestos, año tras año, por medio de huelgas que de cooperar para una justicia social. Y en el Papado hay un Alejandro VI.
¿Y qué viene a demostrarnos todo esto sino que el Señor se desposó con la humanidad tal como ella es, en lugar de la que quisiéramos que fuese? ¡Nunca ha podido pretenderse que Su cuerpo místico, la Iglesia, estuviese libre de escándalos cuando Él fue la primera víctima! Jesucristo sirvió de escándalo para los que sabían que era Dios y vieron que lo crucificaban y que pasaba por una derrota aparente en el momento en que sus enemigos lo desafiaban a que probase su divinidad descendiendo de la cruz. Por eso no debe asombrar que dijese a sus seguidores que no se escandalizasen de Él.
Si la naturaleza humana de Jesucristo pudo soportar una derrota semejante, física, hasta el punto de servir de escándalo, ¿por qué hemos de pensar que Su cuerpo místico vaya a estar inmune de escándalos cuando lo formamos nosotros, pobrecitos mortales? Jesús permitió padecer hambre y sed y que la misma muerte se cebara en su cuerpo físico, ¿cómo, pues, no iba a consentir que debilidades místicas y morales, como son la pérdida de la fe, el pecado, las herejías, los cismas y los sacrilegios, pudiesen atacar a Su cuerpo místico? El que sucedan todas estas cosas no prueba en manera alguna que no sea íntimamente divina la naturaleza de la Iglesia, como tampoco negó la crucifixión que Jesucristo fuese Dios. Si nuestras manos están sucias, no por eso puede decirse que lo esté todo nuestro cuerpo. Los escándalos que se adviertan en el cuerpo místico no pueden destruir Su cantidad “sustancial” más de lo que destruyera la crucifixión la integridad del cuerpo físico de Cristo. La profecía del Antiguo Testamento referente al Calvario decía que ni uno solo de sus huesos sería quebrantado. Su carne sería colgada casi como un trapo de púrpura; las heridas, como mudos y dolorosos agujeros, pregonarían su sufrimiento con la sangre; las manos y los pies, traspasados, dejarían salir torrentes de vida y de redención; pero Su “sustancia”, Sus huesos, permanecerían intactos. Así sucede con la Iglesia. Ni uno solo de sus huesos será quebrantado; la sustancia de su doctrina será siempre pura, a pesar de la debilidad y fragilidad de alguno de sus doctores; la sustancia de Su disciplina será siempre justa, a pesar de la rebeldía de alguno de sus discípulos; la sustancia de Su fe será siempre divina, a pesar de la carnalidad de algunos de sus fieles. Sus heridas no serán nunca mortales porque Su alma es santa e inmortal por la inmortalidad del amor divino que descendió sobre Su cuerpo el día de Pentecostés en forma de lenguas de fuego.
Y ahora, para hablar de uno de los mayores escándalos, permítanme que pregunte: “¿Cómo pudo ser Vicario infalible de Cristo y cabeza de su Iglesia un hombre perverso como Alejandro VI?” La respuesta está en el Evangelio. El Señor cambió el nombre de Simón por el de Pedro, y lo hizo piedra sobra la cual construiría lo que llamó Su Iglesia. Hizo entonces una distinción que bien pocos habrán notado: el Señor distinguió entre “infalibilidad” o inmunidad de error e “impecabilidad” o inmunidad de pecado. La infalibilidad es la imposibilidad de “enseñar” el mal; la impecabilidad, la de “hacer” el mal. El Señor hizo a Pedro infalible, pero no impecable.
Inmediatamente después de haber confirmado que Pedro poseería las llaves del cielo y autoridad para atar y desatar, el Señor dijo a los Apóstoles que “debía ir a Jerusalén” “y ser muerto” (Mateo, 16, 21). El pobre y débil Pedro, tan humano y orgulloso por la autoridad que se le había conferido, se acercó entonces al Señor y empezó a reprocharle: “No será eso verdad, Señor; eso no sucederá nunca”. (Mateo, 16, 22). Y al punto repuso Jesús: “Vete lejos de mí, Satanás; tú me sirves de escándalo porque tú no tienes el sentir de las cosas de Dios, sino de las cosas de los hombres”. (Mateo, 16, 23).
Poco antes, Pedro había sido llamado “roca”, e inmediatamente después, Satanás. El Señor había querido decirle: “Como piedra sobre la que edifico Mi Iglesia, todo lo que digas, con la ayuda de Dios estará preservado de error; pero como Simón, hijo de Juan, como hombre, eres tan frágil por la carne y tan pronto para el pecado, que puedes resultar semejante a Satanás. En tu ministerio, eres infalible; pero como hombre, Simón eres pecador. Pedro, el poder que ostentas es hechura Mía; Simón, tu debilidad para pecar es hechura tuya.”
 ¿Es muy difícil captar esta distinción entre el hombre y su función? Si un policía, mientras dirige el tránsito, levanta la mano en señal de detenerse, ustedes se detienen, aunque sepan que ese policía le pega a su mujer en su casa.¿Por qué? Porque se hace distinción entre su función como representante de la Ley y su persona particular. Estoy seguro de que el Señor permitió la caída de Pedro, poco después de haberle concedido el don del Poder supremo, para recordarle a él y a todos sus sucesores que la infalibilidad sería parte integrante de su cargo; pero que la virtud deberían conquistarla con su esfuerzo personal, ayudados por la gracia de Dios. Sea dulce, o monótona, o persuasiva la voz del Papa, y aunque pronuncie con mal acento y con errores gramaticales, no nos fijamos en su voz, sino en lo que nos dice: “Hablad, Señor, que vuestro siervo escucha”. (1 Sam. 3, 9).
Puede decirse de manera absoluta que quienes conocen minuciosamente todo lo concerniente a los pocos sucesores de Pedro que ha habido malos, lo ignoran casi todo de los muchos buenos. Según ellos, la infamia de un hombre elevado a tan excelso grado, puede oscurecer a millones de santos. ¿Cuántos de quienes se afanaron en hacer averiguaciones sobre los Vicarios de Cristo en el período del Renacimiento profundizaron en el estudio de los otros mil novecientos años? ¿Cuántos de los que tanto han aireado a los pocos Papas indignos han admitido que de los 33 primeros sucesores de San Pedro, 30 fueron mártires y tres enviados al destierro? ¿Cuántos de quienes concentran su atención en el mal ejemplo de unos pocos saben que, de los 261 sucesores de Pedro, 83 fueron canonizados por sus heroicas virtudes y más de cincuenta fueron elegidos a pesar de sus protestas de indignidad? ¿Cuántos pueden parangonarse, por su tacto y saber, con el Santo Padre actual, Pío XII? Todo el que ataque a una legión tan numerosa de mártires y de santos y de estudiosos, debe estar bien convencido de hallarse sin culpa ni pecado para atreverse a lanzar sus diatribas contra los pocos Papas que revelaron el aspecto humano de su elevada representación. Si tales críticos son unos santos y puros, sin mancha de culpa, dejémosles coger sus piedras. El Señor dijo que solamente el que esté libre de pecado puede lanzar la primera piedra. Pero si no están sin pecado, dejen entonces el asunto para que lo juzgue Dios. Y si son gentes sin pecado, pertenecerá a una raza distinta de la de ustedes y de la mía; porque nosotros notamos que nos sube un grito desde el fondo del corazón: “Señor, ten piedad de mí, que soy pecador”.
Volviendo al escándalo de los malos católicos, recordamos que el Señor no se esperaba que todos los miembros de la Iglesia fuesen perfectos, más de lo que fueren sus Apóstoles. Por eso dijo que en el día último, tiraría el pez averiado de Su red. Algunos católicos pueden extraviarse, sin que la Iglesia quede afectada por ello, como unos pocos americanos vendidos a Rusia no consiguen hacer pasar por traidores a todos los americanos. Nuestra fe acrecienta el sentido de responsabilidad, pero no nos fuerza a obedecer; aumenta el reproche, pero no impide el pecado. Si algunos católicos son malos, no lo son por ser miembros de la Iglesia, sino porque, al contrario, no saben vivir conforme a Su luz y en Su gracia.
Es interesante la psicología de los que se escandalizan por la conducta de los católicos indignos. En resumidas cuentas, ello significa que se esperaban algo mejor; si son malos los que se regocijan con el escándalo, es porque se creen que con eso tienen ellos mayor derecho a pecar. No se oye nunca decir: “Es un federalista perverso”, o bien: “Es un humanista escandaloso”, o “Es un moralista adúltero”, porque nadie se espera de ellos algo mejor. El reproche da la medida de la virtud de los reprochados. Nosotros les estamos agradecidos por este su reconocimiento y de su intolerancia para cono nosotros por causa de unas culpas que tan bien saben tolerar en otros. Están convencidos de que no hay esperanza de nueva luz si el sol se oscurece. Ser comunistas es muy fácil intelectualmente y moralmente cómodo; en cambio, es áspero y difícil ser intelectual y moralmente católicos.
Ningún ideal es más arduo de alcanzar. Si alguien falta a los deberes que impone el culto al sol, no tiene alturas muy grandes desde las que arrojarse. Pero si un católico cae, puede ahondarse más que ningún otro, porque cuanto mayor es la altura de la que uno se tira, tanto mayor es la cantidad de cieno que se levanta. “Corruptio optimi, pessima” (La corrupción de lo mejor, es la peor). Ninguna flor huele tan mal como el lirio marchito. Podemos preguntar a quienes cacarean las debilidades de la Iglesia qué punto de perfección debe alcanzar la Iglesia para que ellos consientan en incorporarse a ella y ser células vitales de la misma. ¿Se dan acaso cuenta de que si fuere tan perfecta como ellos quisieran no tendrían cabida en ella? Imaginen por un momento que el cuerpo místico de Cristo no tuviese ninguna debilidad moral; imaginen que nunca hubiese faltado un fraile a sus votos para casarse con una monja y dar comienzo a una nueva religión, como ya sucedió; imaginen que ningún obispo haya sido nunca un hábil administrador, que ningún cura haya sido nunca deplorable, que ningún fraile haya estado nunca gordo, que jamás se hubiese impacientado una monja con un niño y que la santidad fuese automática, como un cuentakilómetros; supongan que nadie haya servido de escándalo para los que están separados de la Iglesia y que ello haya sido justificación para su manera de vivir…, ¿sería ésta la Iglesia en que pensaba el Señor, si dijo que la cizaña sería segada juntamente con el trigo y que algunos hijos del reino serían tirados fuera de sus confines? Si la Iglesia fuese tan perfecta como exigen los que se escandalizan, su santidad nos condenaría a nosotros, que no somos santos. Un ideal demasiado elevado, a veces repele en lugar de atraer. Una Iglesia tan santa, no podría atraernos a unos pobres mortales como nosotros. Podría parecer a las almas que luchan terriblemente puritana, fácil a ponerse tiesa con nuestras debilidades, pronta y dispuesta a evitar hasta el contacto con nuestras manos pecadoras.
Entonces debería desvanecerse toda esperanza para el que está en la iniquidad o en el pecado. ¡No! La Iglesia, compuesta solamente de miembros perfectos, sería un obstáculo para el mejoramiento y en vez de ser nosotros los escandalizados, sería la Iglesia la que se escandalizaría de nosotros, lo que sería mucho peor.
Si la vida del Cuerpo Místico fuese una transfiguración triunfal y luminosa en la cumbre de la montaña alejada de los dolores y de los males de la humanidad, no habría podido ser nunca consoladora de los afligidos y el refugio de los pecadores. La Iglesia ha sido llamada, lo mismo que Su Divino Fundador, a ser redentora para librar a los hombres de la sombra del pecado hasta convertirlos en tabernáculos de gracia y de santidad. No es la Iglesia una idea lejana y abstracta, sino una Madre que, a pesar del polvo que ha tomado a lo largo de su viaje a través de los siglos y a pesar de que algunos de sus hijos le han lastimado el cuerpo y amargado el alma, ha mantenido la alegría en su espíritu por todos los hijos que ha criado, la satisfacción en sus ojos por la fe que ha preservado; la comprensión, en su alma, mediante la cual, consciente de la fragilidad humana, ha podido sacar a la vida a tantos de sus hijos. El Señor escogió para primer Vicario suyo, no a un hombre santo como Juan, sino uno débil, muy asequible al error, como Pedro, para que a través de su propia fragilidad, pudiese comprender, en unión de la Iglesia de la que era cabeza, la debilidad de su grey y pudiera ser el Apóstol de la misericordia, el verdadero Vicario del Salvador y Redentor del mundo, que no vino a salvar al justo, sino al pecador.
El Señor castiga con frecuencia a su Cuerpo Místico, permitiendo de vez en cuando que algunos de sus miembros o de sus células se separen de la Iglesia, aunque castiga con ello todavía más a los que se alejan de ella.
En general, el mundo tiene razón. Nosotros los católicos no somos como verdaderamente debiéramos ser; el mundo es tal como es porque los católicos somos como somos. El Señor dijo: “Si la sal se hace insípida, ¿con qué se le volverá el sabor?” (Mateo, 1, 13). No hemos decepcionado al mundo, sino a Cristo; y faltando a Cristo, faltamos al mundo. Pero rogamos a los que vean nuestras culpas que piensen cuán difícil es ser como el Señor quisiera que fuéramos. ¡Es tan fácil ser un demócrata, o republicano, o internacionalista, y tan difícil ser católico!  No nos juzguen por nuestras faltas, como no juzgarían el arte por los inciertos garabatos de un niño. Fíjense más bien en nuestras obras maestras, los Santos, de los que tenemos en el mundo innumerables legiones. Les hemos dañado con nuestras culpas y les pedimos perdón por ello, pero todavía hemos herido más al Señor y debemos hacer cumplida penitencia. Muchos se han escandalizado de nosotros, muchos que serían mil veces mejores que nosotros si conocieran la infalible verdad que nos guía y si se nutrieran de la misma divina Eucaristía que nos alimenta a nosotros día tras día. Debemos ser mejores. Y en esto reside nuestra sola desgracia de católicos, créanlo. No nos sentimos felices porque no somos santos. ¿Quieren rezar por nosotros? Muchas gracias.  ¡En el amor de Jesús!
 
Mons. Fulton J. Sheen  (radiotransmisión del 29 de enero de 1950)  

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