sábado, 23 de julio de 2011

ERRORES PERNICIOSOS: "El juicio de las naciones", en Mateo 25, 31-46 y su interpretación reducida a una filantropía prescindente de la Fe


Por Horacio Bojorge, S.J.

En el Evangelio según San Mateo hay tres parábolas que se refieren al juicio de los creyentes .
Son las parábolas del mayordomo infiel (24,45-51), la parábola de las diez vírgenes (25,1-13) y la parábola de los talentos (25,14-30). 

A estas tres parábolas le sigue otra que se refiere al juicio de los no creyentes (Mateo 25, 31-46). Es el llamado “Juicio de las naciones”. 

En las tres primeras parábolas son juzgados los creyentes según hayan vivido esperando la venida de su Señor y ocupándose de los intereses del Reino, o según que, por el contrario, hayan privatizado su existencia y hayan vivido sin esperar la venida y ocupados sólo en sus propios intereses, de espaldas a los intereses de Dios. Es lo que san Pablo les reprocha a ciertos cristianos: "todos buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo" (Filipenses 2, 21).La cuarta parábola no habla del juicio a los cristianos, que ya ha tenido lugar. Presenta, por el contrario, el juicio a los no cristianos. Estos son juzgados por el "Hijo del Hombre". No se trata ya solamente de Jesús, sino del Cristo total. El Hijo del Hombre es una figura corporativa: comprende a Cristo y a los creyentes fieles, o sea el Cristo místico total en su estatura definitiva al fin de los tiempos, cuando todos los elegidos hayan sido incorporados a Cristo.

 La profecía de Daniel les llama: "el pueblo de los santos" a quien Dios entrega el Reino, el Poder y el Juicio: "el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán." (Daniel 7: 27).
De este Cuerpo total se refiere san Isaac de Stella en su Sermón sobre el Salmo 42 diciendo: "Del mismo modo que, en el hombre, cabeza y cuerpo forman un solo hombre, así el Hijo de la Virgen y sus miembros constituyen también un solo hombre y un solo Hijo del hombre. El Cristo íntegro y total, como se desprende de la Escritura, lo forman la cabeza y el cuerpo. En efecto, todos los miembros juntos forman aquel único cuerpo que, unido a su cabeza, es el único Hijo del hombre quien, al ser también Hijo de Dios, es el único Hijo de Dios y forma con Dios el Dios único" (Oficio de Lecturas del viernes de la 5ª semana de Pascua).

Este "Hijo del Hombre" pues, es decir Cristo y sus hermanitos más pequeños, juzgan a los no creyentes según la actitud que hayan tenido frente a ellos. Lo que han hecho con los miembros lo han hecho con la Cabeza. El trato que le dieron a los fieles del Cuerpo místico, - es decir a los hermanitos más pequeños de Jesús, a los pequeños que creen en Él, lo han hecho con "el Primogénito entre muchos hermanos" que están allí y que Jesucristo Juez señala como allí presentes -, lo han hecho con la Cabeza.

Los que están allí y forman parte del Cuerpo Místico son aquellos cuya justicia filial ha sido reconocida en los juicios previos a este juicio final de las naciones. Porque: "el juicio comienza por la casa de la fe" (1 Pedro 4,17). Y el juicio de las naciones se hace en consideración de su actitud ante los hermanitos más pequeños, es decir, los cristianos fieles, los que vivieron de tal manera que fueron hallados fieles y justos, es decir semejantes al Hijo en su vida filial, en el juicio que empieza por la Casa, es decir, por la familia del Padre.

 Lo primero: guardarse de una lectura reduccionista de este pasaje

Sin embargo, una lectura modernista de este pasaje, bien calificada de "reduccionista" porque "reduce" su sentido cristológico y sobrenatural, a una enseñanza puramente natural y humana, se va extendiendo cada vez más, también en campo católico.

Estos intérpretes pretenden ver en este pasaje evangélico la carta magna de la salvación por el mero humanitarismo naturalista y no-religioso. Según esa interpretación, esta parábola revelaría el único y universal camino de salvación, por el que deberían transitar por igual, para salvarse, tanto creyentes como no creyentes. La salvación se obtendría por el ejercicio de una filantropía o mera solidaridad interhumana, en la que para nada intervendría la motivación religiosa, ni la explícita y amorosa vinculación con Jesús o la espera de su venida. Consecuencia: la fe y demás virtudes teologales serían superfluas e innecesarias para la salvación

Desde Kant, por lo menos, hasta la teoría del cristianismo anónimo, se ha venido esgrimiendo esta interpretación naturalista del pasaje que, sin embargo, no sólo es ajena al sentido que Mateo quiso darle y le dio, sino que contradice frontalmente ese sentido literal. Puede decirse de ella que es una interpretación acomodaticia sobre la que de ningún modo puede fundarse una argumentación teológica.

En esta entrada queremos mostrar cómo por una interpretación acomodaticia y fundamentalista del juicio de las naciones en Mateo 25, 31-46 algunos pensadores y predicadores incluso católicos acaban coincidiendo con Kant en la misma reducción moralista y filantrópica del pasaje. Terminan atribuyendo a Mateo la doctrina de la justificación y salvación por las obras, (ni siquiera las de la ley del Sinaí, sino las dictadas por la mera razón, y por eso presuntamente cognoscibles por todos: creyentes o no).

Nos ha parecido urgente advertir que éste es el evangelio de la moral kantiana que prescinde de las virtudes teologales y sume a nuestra civilización, en el moralismo naturalista y la gnosis, arrastrando a los creyentes a una anónima apostasía. La presente elucidación exegética tiene -como se verá- un valor independiente del examen crítico de la obra total de Juan Luis Segundo. Podrá interesar sin duda a cuantos, sin sospechar muchas veces el origen y los efectos de esta interpretación, la reciben servida con frecuencia creciente, desde el púlpito y desde la cátedra académica, o expedida en libros y revistas con el sello de garantía de las censuras eclesiásticas o con el sello de editoriales tradicionalmente conocidas como católicas.

Aparece entonces, paradójicamente, el cristianismo como una revolución laica. En cierto sentido sería, como si dijéramos, la religión de la no necesidad de profesar una religión. Sería nuestra religión la religión que le dice al hombre: “haces bien siguiendo el camino que te dicta tu corazón, cuando sigues su voz más auténtica. Eso es lo esencial"
Esta interpretación atribuye al texto de Mateo un sentido que es ajeno y contrario a la intención de su autor. Es un sentido arbitrario, atribuido por el lector a un texto cuya intención es otra. Es lo que se ha llamado una "eisegesis" en vez de una exegesis, porque atribuye al texto un sentido que le atribuye el lector pero no es textual.
Hay normas elementales de interpretación, recordadas por la Constitución Conciliar Dei Verbum N. 12 del Vaticano II. Lo que Dios dice en un texto bíblico es lo que su autor inspirado dijo y quiso decir. Y a esto se le llama el sentido literal. Y para encontrar el sentido literal, la Constitución Dei Verbum remite a pautas literarias, históricas, filológica y teológicas. La interpretación bíblica está regida, entre otras, por la "ley del contexto". La frase en el contexto del pasaje, el pasaje en el contexto de la obra, la obra en el contexto bíblico, la Biblia en el contexto de la fe de la Iglesia y de su tradición interpretativa. 

Origen y consecuencias de esta violencia interpretativa

La interpretación filantrópica del pasaje a la que se afilian Juan Luis Segundo, Paul Christian, Johannes Friedrich y tantos otros, es, pues, de origen idealista, ilustrado, racionalista y liberal, no-creyente. Aunque luego se infiltre de polizón en la nave de la libre interpretación bíblica y sea asumida por los escrituristas primero protestantes y finalmente también muchos de los que son considerados como católicos. Se mostrará más abajo la filiación racionalista, kantiana de este método interpretativo.


Naturalmente, esa visión, como lo ha dicho el exegeta protestante Joachim Jeremías: "obtiene hoy fácilmente audiencia, no hay necesidad de decirlo, entre todos los que, a nuestro alrededor, transponen el mensaje esencialmente religioso del Evangelio al plano social y se creen muy modernos (y lo son) reduciendo la enseñanza de Cristo a una ética de la civilización, según el modelo del protestantismo humanitario de hace sesenta años" (J. Jeremias, Paroles de Jésus, Paris 1963, p. 21. En la línea de los estudios aludidos por Jeremias se cuentan los de P. Christian y J. Friedrich a los que nos hemos referido antes.).

Ahora, ya hace más de un siglo, se ha sumado a ese modelo también el cato-modernismo humanitario, antropófilo, heredero del catolicismo naturalista y del catolicismo liberal. Esa interpretación filantrópica del pasaje conduce a -o está al servicio de- una reducción moral de la fe cristiana a la que se pliegan hoy, acríticamente, cada vez más escribas y pastores. A todo lo largo de su obra "Esa comunidad llamada Iglesia", Juan Luis Segundo se sirvió de ella para reducir la salvación cristiana a una conversión, filantrópica, no religiosa, del egoísmo al altruismo. (Véase el capítulo: "Traducción moral del concepto paulino de salvación" en: Juan Luis Segundo, De la Sociedad a la Teología, p. 95 ss.).
Lo que la relación propiamente religiosa con Dios y la Iglesia importe para eso, queda fuera de consideración, y en algún texto será explícitamente excluida y descalificada.


Su sentido literal verdadero

Quién es el "Hijo del Hombre" en el juicio de las Naciones?

Los autores a los que sigue Juan L. Segundo no han prestado atención, entre muchas evidencias textuales para las que parecen ciegos, al hecho de que el juicio de los cristianos ya ha tenido lugar, pues a él se refieren las tres parábolas inmediatamente anteriores: el mayordomo, las diez vírgenes y los talentos. Esos malos discípulos serán juzgados según hayan vivido para sí o para los intereses de su Señor y esperando en serio su Venida.

Después, cuando se juzgan las naciones gentiles, no hay ya discípulos entre las ovejas o los cabritos. Los discípulos que han sido hallados fieles en las anteriores instancias de juicio, forman ahora parte del tribunal que juzga al mundo,y constituyen junto con el Cristo, una persona corporativa: El Hijo del Hombre. El título de Hijo del Hombre es aquí, una designación de un 'tribunal del pueblo' con Cristo a la cabeza. Jesús se los señala presentes junto a él: éstos, tanto a las ovejas como a los cabritos.

Esa es, como lo demuestra la siguiente selección de estudios exegéticos, la visión de Mateo. Ese es su sentido literal: 'lo que Mateo dijo y quiso decir', al margen de lo cual no se puede construir ningún argumento teológico válido (Ver Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum 12).

El intento de fundar sobre una interpretación naturalista de esta escena un "cristianismo sin religión", o -al decir de J. L. Segundo- una revolución laica, se demuestra infundado. Reposa sobre una lectura tan arbitraria como atrevida (en el sentido de temeraria) del texto inspirado.

Dicha interpretación se construye de espaldas al texto y a las evidencias mismas del pasaje, del contexto, de la tradición exegética y de la ciencia exegética actual. Así llega a entender lo contrario de lo que Mateo dijo y quiso decir y se funda sobre ello una doctrina soteriológica heterodoxa. Pero Mateo afirmaba todo lo contrario de lo que interpretó Segundo en seguimiento de Bonnard, Preiss y todo el protestantismo racionalista y liberal y a imitación de los autores católicos liberales que con ellos coinciden.

Resumiendo: Para Mateo, el Hijo del Hombre es una figura colectiva: son Cristo y sus discípulos los que juzgan a las naciones. El Hijo del Hombre es un Nosotros del que el Rey es el portavoz en el juicio, pero donde los "hermanitos más pequeños" asisten como testigos de defensa y cargo, y como jueces también. Las naciones, -es decir todos los pueblos paganos de la historia-, son juzgadas según hayan acogido y tratado a los enviados de Jesús, y en ellos a Jesús mismo; pues Él no sólo los ha enviado sino que ha estado con ellos siempre (Mateo 28,18-20). Esa identificación se entiende desde la institución bíblica del goelato, o sea desde el parentesco divino, santificador de las vinculaciones y que impera las obras de misericordia (Véase nuestro estudio sobre el Goelato y el Dios Pariente: Horacio Bojorge, Go'el: El Dios Pariente en la Cultura Bíblica en: Stromata 54 (1998) 33-83.).

Comunión, pertenencia y solidaridad

Para entender el sentido literal de este pasaje es necesario tener en cuenta y entender que la religión no es, para la fe católica, solamente una cuestión de 'profesión' de verdades sino que es, mucho más, un asunto de 'profesión de pertenencia' , o sea de comunión a la que se entra por la fe; un asunto de vinculación, de alianza y por lo tanto, de parentesco.

Es necesario entender cuál es el contexto antropológico y teológico del goelato en cuyo marco de referencia se entiende el sentido bíblico de las obras de misericordia. Esto no es algo ni demasiado complicado ni demasiado abstruso. ¿Quién no conoce la historia de Ruth? Así como Ruth la moabita entra en la Alianza por su piedad con Noemí, así los paganos, misericordiosos con los misioneros cristianos, entran en la Alianza con Cristo.

Pero esto es todo lo contrario de 'una revolución laica' o de "un cristianismo sin religión". Mateo presenta -es verdad- una revolución religiosa. Pero ésta consiste en que la historia de los pueblos se juzga por su recepción, no ya del Evangelio en abstracto, es decir por un mero asentimiento intelectual a un mensaje, sino por la adhesión a la persona de sus portadores. No se puede separar el kerygma de las personas que lo proclaman, como hace el popular 'creo en Dios pero no en los curas', frase cuyo sentido intencional es: "creo en Dios pero no en la Iglesia" o más precisamente "creo en Dios pero no en sus maestros". Ese es, si se lo comprende bien, el grito del deísmo que pretende encontrar a Dios prescindiendo de su revelación histórica de la cual la Iglesia, y dentro de ella el Magisterio que anuncia a Cristo, es custodia y portadora, y sin comunión con la cual no puede haber comunión con Dios. “No puedes decir que amas a Dios a quien no ves si no amas a tu hermano al que ves”.

(Ver I Juan 1,1-3: "...para que también vosotros estéis en comunión con nosotros (los apóstoles) y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo...". En el Apóstol y por su intermedio se anuda la comunión de los fieles con Dios.).

  Pero los autores a los que adhiere y sigue Juan Luis Segundo le hacen dar a Mateo un mensaje deísta al interpretarlo exactamente al revés de lo que Mateo dice y quiere decir. No hay salvación fuera de la Comunión.



Pequeñez y grandeza en la enseñanza de Jesús

De la abundante bibliografía sobre el Juicio de Mt 25,31ss, se espigan a continuación algunas conclusiones que orientarán acerca del sentido literal del pasaje y que persuadirán de cuán ajenas a él son las explicaciones filantrópicas y moralistas y cuán grande la violencia textual mediante la cual se pretende leerlas en un texto que dice lo precisamente lo contrario.

La literatura cristiana primitiva ha leído Mateo 25,35-36 (hambre, sed, exilio, desnudez, enfermedad, prisiones), en conexión con los sufrimientos apostólicos de Pablo enumerados por él como timbres de gloria en 2 Cor 11,23ss.

Por otro lado, la lectura de Mateo 25,31-46 a la luz del discurso apostólico de Mateo 10 y de la gran misión de Mateo 28, 18-20 muestran la identificación de Jesús y sus discípulos en una misma misión e identificados en la misma pequeñez y humildad personal y de medios.

En Mateo 10, aunque todo el discurso apostólico dice a nuestro intento, son particularmente elocuentes los versículos finales: "Quien a vosotros recibe a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquél que os dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa" (Mt. 10,40-42). Este texto no deja duda de que los hermanitos y los pequeños son los discípulos.

En cuanto al texto de Mateo 29, 18-20: "Id pues y haced discípulos a todas las gentes... he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" muestra a Jesús identificado con sus discípulos en una misión común hasta el fin de los tiempos anunciando su enseñanza a las naciones.

Cuando Jesús concluye su ministerio y envía a sus discípulos, les pone por delante la perspectiva de dificultades y sufrimientos, pero adjunta la promesa de que los hombres serán juzgados de acuerdo a la conducta que hayan tenido con los que les anunciaban el evangelio.(Mateo 10)
Como ha dicho J. Ramsey Michaelis coincidiendo con Joachim Jeremias:
"Puede ser que esta interpretación no se recomiende a sí misma sobre la base de consideraciones morales y estéticas. Carece del elevado universalismo de la visión hoy común que ve en los 'hermanos pequeños' de Jesús a los pobres y oprimidos de todo el mundo. Peor aún, podría usarse (como de hecho lo fue Mateo 10,40) en beneficio del clericalismo: el obispo debe ser reverenciado como el Señor. Pero los que quieren ver aquí filantropía universalista deberán admitir que semejante universalismo es rarísimo, por no decir único, en el Nuevo Testamento. Y términos como: hambriento, sediento, peregrino, encarcelado, enfermo, no son aplicables a una clerecía socialmente exaltada. Mateo está usando aquí una tradición de las palabras de Jesús para ofrecer a la iglesia una doble parenesis.

Primero: es esencial para los que oyen el anuncio evangélico y para los catecúmenos no solamente responder con fe al mensaje de la salvación, sino recibir con hospitalidad y obras de misericordia a sus predicadores.

Segundo: Es esencial para los que continúan la misión de los apóstoles predicando y enseñando, seguir el ejemplo de Jesús, asumiendo la pobreza, la enfermedad, y el sufrimiento que encuentran en la Iglesia y en el mundo. Hay aquí un universalismo, pero se expresa solamente en forma indirecta. Los discípulos de Jesús no son invitados tanto a 'ayudar' a los pobres, cuanto a convertirse ellos mismos en pobres y oprimidos en el cumplimiento de su misión mundial". 
(J. Ramsey Michaelis, Apostolic Hardships and Righteous Gentiles. A Study of Matthew 25,31-46, en: Journal of Biblical Literature 84(1965) 27-37, nuestra cita en p. 36-37).

Los pequeños: título de los discípulos.

Jesús, que ha ido adelante con su ejemplo inaugurando en su vida el camino de la pequeñez.

Se complace en llamar pequeños a sus discípulos para ponerlos en guardia contra la búsqueda de la grandeza. También entre ellos había luchas por la grandeza y las mismas rivalidades por los primeros puestos y precedencias que reprochaba a los escribas y a sus discípulos:
"Jesús – ha escrito Otto Michel - inauguró el secreto divino de la 'pequeñez' de manera consciente para contradecir la idea de grandeza representada por el rabinismo, y llamó a sus discípulos: los 'pequeños' con esa intención".

Por lo tanto: detrás de la escena del juicio y de la identificación del Juez con los hermanitos suyos más pequeños, está la visión bíblica del Dios Pariente y del Pueblo de Israel que se prolonga en el nuevo Israel, que es la Iglesia, como un solo Nosotros divino-humano.

Los autores que sigue Juan Luis Segundo, cautivos de la racionalidad ilustrada que a tantos aprisiona mental y espiritualmente, permanecen fatalmente ajenos a esa visión teológica y antropológica bíblica y por eso su pensamiento se extravía en un nosotros interhumano y es incapaz de engancharlo con el nosotros divino-humano.

La Caridad, vista desde fuera del misterio de ese Nosotros divino-humano que es su contexto, se reduce necesariamente a filantropía. Y así se consuma, también a este nivel de la Caridad, la reducción naturalista y antropológica del misterio cristiano.

Una interpretación del Juicio en Mateo 25, 31ss que apareja la crisis del sentido misionero

De esta interpretación gnóstica de Mateo 25,31-46 y la salvación por las obras, se sigue lógicamente una falta de celo misionero, evangelizador y sacerdotal opuesta a lo que piden tanto Nuestro Señor Jesucristo, como la Iglesia empeñada en la nueva evangelización y, si vamos a los documentos, de manera especialmente dramática y urgente la Redemptoris Missio. Si los hombres se salvan sin Cristo y sólo por las obras de solidaridad humana: ¿para qué la misión?

La difusión de esta interpretación, y de la visión idealista y moderna a la que sirve, en las escuelas teológicas católicas es una de las causas del enfriamiento del celo misionero en órdenes y congregaciones religiosas otrora pioneras de la misión católica ad gentes.

¿Cómo vamos a ser uno con Jesús al fin de los tiempos si no hemos sido uno con Él en la historia, que es el tiempo de la misión? Y ¿de qué lado quedarán, el día del juicio, Kant y los que como él hayan considerado superflua la fe de los hermanitos más pequeños de Jesús y no sólo no los hayan recibido, sino que los haya considerado una laya de gentecilla supersticiosa, incapaz de guiarse por los claros y suficientes imperativos de la razón y la moral universal?

¿No es esa, precisamente, la ideología que justifica y en cuyo nombre se practica durante los últimos siglos la persecución cultural de los católicos, fuera y a veces hasta dentro de la Iglesia?

Horacio Bojorge, S.J.
Para ampliar y difundir:
http://tomaylee-sagradasescrituras.blogspot.com/ 

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