lunes, 30 de mayo de 2011

Pecado, el mal enmascarado


"Mira que ya estás sano: no peques más para que no te suceda algo peor" Jn, 5, 14.

Mira el mal a tu alrededor. Descubre que el origen de todo lo que te afecta negativamente, de lo que origina nuestros mayores sufrimientos es el pecado.Desobedecemos a Dios y las consecuencias de ello, a veces inmediatas, a veces no tanto, son invariablemente de sufrimiento, para nosotros y para los demás. Se tiende a despersonalizar el mal y las desgracias que se suceden a nuestro alrededor atribuyéndolas a la “mala suerte” a la “dureza de la vida”, e incluso a Dios mismo, que-concluímos-: “nos envía sufrimientosque no nos merecemos”.

Es difícil descubrir, muchas veces, que la verdadera causa de nuestro propio dolor y del dolor ajeno somos nosotros, es decir, nuestros pecados; sean estos leves o graves, recurrentes  u ocasionales. Nuestro cotidiano vivir esta impregnado de acciones, palabras, pensamientos y omisiones que ofenden a Dios y a los demás. Y lo peor no es que seamos pecadores, ya que nuestra humana naturaleza está herida a causa del mismo y tiende a ello, sino que nos neguemos a aceptar que lo somos...e intentemos remediarlo. 

Miramos mal a este, murmuramos de aquel, ignoramos al otro, insultamos al vecino, le quitamos al otro lo que es suyo, gritamos más alto que nuestro esposo o esposa o le mentimos y le engañamos, y peor que eso: nos mentimos y nos autoengañamos; nos encerramos en nuestro mundo, en la oficina, en el bar...nos atrincheramos en nuestras rutinas...Robamos, matamos, nos "abstenemos", nos acobardamos, humillamos, "perdonamos pero no olvidamos", ignoramos a Dios, aplaudimos a sus enemigos...los votamos.

En fin la lista es interminable. Lo extraño es que rara vez atribuimos a nuestra propia conducta la causa originaria del sufrimiento. Solemos pensar que la causa de nuestro dolor son los demás o las circunstancias que nos rodean.
En realidad la convivencia, (es decir," la prueba a superar") tal como Dios la concibe y nos la sugiere, es bastante más simple...pero se requiere el esfuerzo personal para ajustarse a ella (“Esforzaos por entrar por la puerta estrecha...”). Se requiere humildad para aceptar nuestra responsabilidad en los pecados que cometemos...y sobre todo para aceptar que hay Alguien que sabe muchísimo más que nosotros...y a quien, por eso mismo, nos conviene obedecer.
Si todo el mundo se esforzase por  obedecer a Dios y a sus mandatos el mundo sería un sitio muy agradable...y muchísimo más justo (aunque el pecado siguiera hostigándonos), porque Dios ha prometido su asistencia -su amistad- a los que buscan de corazón obedecerle. Es lo que los cristianos denominamos la “gracia”...esa savia que nos nutre con el aliento del mismo Dios...injertándonos al tronco que es El mismo y haciéndonos fructificar...a pesar, y aún, desde nuestras mismas flaquezas.




El pecado siempre estará hasta la consumación del Tiempo debido a otra realidad humana que los cristianos denominamos el pecado original. Porque la muerte, la enfermedad, la atracción que sentimos por el pecado mismo son consecuencias de aquel pecado de origen. Pero Dios mismo viene en nuestro auxilio, ya que Él  ha prometido su asistencia a aquellos que se esfuerzan por servirlo...y los dones de su Espíritu, que nos iluminan ante las dudas, dificultades y tentaciones y nos dan “el modo divino” de ver, pensar y encarar la vida. Los sacramentos nos alimentan espiritualmente supliendo las carencias que padecemos por nuestra naturaleza pecadora. El mismo Dios está siempre presente en nuestra vida, en cada momento, en el padre de familia que sale temprano cada día y hace "a plazos" la entrega íntegra de su vida "por amor a los que ama"; en cada familia que se reúne alrededor de una mesa  y recuerda agradecido al Creador y dador providente del mismo alimento que va a comer...; en cada madre que ama a sus hijos y les da lo mejor de sí, sin reservarse nada porque es feliz dando como enseña el mismo Dios, y en los padres que transmiten el mayor tesoro que es la fe  a estos hijos que a su vez harán lo propio con los suyos...y así esta cadena de verdad y de amor se prolonga de generación en generación. Y la caridad surge a cada instante de estos amantes del Padre Creador y su onda genera un movimiento de amor que resulta imposible humanamente saber hasta donde puede alcanzar. En lugar de dolor surge entonces el amor, en lugar del rencor, el perdón, en lugar de la voracidad y la ambición la templanza y la generosidad...Trocamos los males que son el resultado del pecado por los bienes que, aunque difíciles de lograr, son el fruto de nuestra adhesión a Dios, es decir...del Amor.

Junto a la cruz del Salvador estaban con El crucificados otros dos, pecadores los dos, como todos nosotros. El Inocente moría entre los culpables, y por los culpables..
Pero resulta una enseñanza  ver de qué modo murió cada uno de ellos. El de la izquierda agoniza y resume su vida pasada en un presente aún peor: insulta al Inocente que le acompaña en el postrer instante, el último que le es dado para al menos intentar torcer el rumbo que su vida ha llevado hasta entonces. El de la derecha le increpa y, confesándose culpable, se compadece del Desconocido que muere perdonando a sus enemigos...y se gana la eterna salvación en el último instante.... El mismo instante que el otro desaprovechó...
En ellos estamos representados todos los hombres y mujeres del mundo, ya que todos somos pecadores. Dios, como siempre, nos ofrece su perdón y su amistad. Nos pone a cada instante delante la opción por el Bien y la Vida...es decir, por Él. 
El sufrimiento estará siempre entre nosotros: es la consecuencia de nuestro pecado, y del ajeno...Pero de este sufrimiento y del mal podemos alcanzar el bien y la salud. Es el milagro cotidiano de Dios, que cambia nuestro barro en oro, nuestra muerte en Vida, nuestro pecado en libertad.
Depende de cada uno qué camino elegir
.
Gonzalo Agustín Roldán
"Tampoco yo te condeno. Vete, y no vuelvas a pecar"


DEL CATECISMO:
“El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:
-participando directa y voluntariamente;
-ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
-no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;
-protegiendo a los que hacen el mal”

“Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las “estructuras de pecado” son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a su vez a cometer el mal. En un sentido analógico constituyen un ‘pecado social’”

puntos 1868 y 1869 del Catecismo de la Iglesia Católica.

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